domingo, 3 de junio de 2012

Cómo volvernos misericordiosos

Editorial


San Agustín dijo: "Es función de la perfección hacer que uno conozca su propia imperfección".

Es muy frecuente, en todos nosotros, el creer y tratar que los demás también lo crean, que ciertos defectos y pasiones ya los tenemos controlados o superados, como se dice más frecuentemente. Esta condescendencia con nosotros mismos, genera una carencia de la necesaria vigilancia sobre nuestros pensamientos, palabras y actos, creando así un campo propicio para mayores sufrimientos para nosotros y para las personas que nos rodean.

Así como somos de indulgentes con nosotros mismos, somos de crueles para juzgar a los demás. ¿Cuándo comienza a disminuir esa arraigada tendencia de ver, con gran desdén, terribles faltas en los demás? Cuando, por la gracia de un verdadero y bondadoso maestro espiritual, quien creando permanentemente situaciones de provocación, hace que nuestras pasiones, supuestamente superadas, afloren con gran virulencia, permitiendo de este modo, que nos demos cuenta y dejemos de autoengañarnos.

Quizás el ver de una manera tan incuestionable nuestras propias limitaciones, nos haga sentir muy deprimidos y dolidos, es natural, pero recordemos que ese no es el fin, la meta es conocernos a nosotros mismos.

Dijo Swami Ritajanandaji Maharaj: "A menudo, las personas no se dan cuenta de la dificultad que existe para descubrir sus defectos, porque su propia mente cubre sus malas tendencias. Durante el período de tiempo en el cual el discípulo vive cerca de su maestro, tendrá que vencer grandes dificultades, ya que su ego será constantemente golpeado por los reproches hechos por su maestro. Sufrirá por ello. Pero tras esta clase de prueba, comprenderá, como estudiar por sí mismo, su mente objetivamente. También comprenderá que el beneficio recibido de su maestro es, verdaderamente, un regalo de un valor inestimable".

Si somos sinceros y reconocemos nuestra gran impotencia para corregir nuestras faltas, brotará en nosotros la necesidad de rogar a Dios por Su misericordia, y gradualmente nos volveremos misericordiosos con los demás.