jueves, 21 de junio de 2012

Como el abrojo

EDITORIAL
Señor Buddha


Sólo quien ha renunciado a la victoria y a la derrota encuentra la felicidad.
No hay fuego mayor que la pasión,
 no hay peor pérdida que el odio,
 no hay peor dolor que el cuerpo ni mayor felicidad que la paz.
Sigue a los que han despertado, a los buscadores del camino, a los transformados, 
¡síguelos! como sigue la luna el camino de las estrellas.

Enseñanzas del Señor Buddha


En la visita del Rev. Swami Bhavyanandaji Maharaj al Ashrama de Bella Vista en agosto del año 1990, le formularon la siguiente pregunta: con respecto a la entrega a Dios, ¿Cómo sabemos si estamos avanzando en esa entrega? El Swami respondió: cuando no nos afecta el placer o dolor, el éxito o el fracaso; sabemos que nos hemos entregado a Dios.

Swami Pareshananda repite con notable frecuencia: el mundo va a continuar con sus dualidades. Como todas las palabras de quienes han dedicado su vida al conocimiento de sí mismos y de Dios, tienen una fuerza especial y se adhieren a la mente del que escucha con sinceridad como el abrojo, ese fruto de una planta silvestre que al paso del ganado se pega en su pelaje y es muy difícil sacarlo. Del mismo modo nos resulta dificultoso deshacemos de las palabras impregnadas de verdad y éstas trabajan de una manera inexplicable en la mente

Swami Vivekananda decía: Comparo a la verdad como una sustancia corrosiva de poder infinito. Dondequiera caiga, se abre camino quemando; si la substancia es blanda, de inmediato; si es duro granito, poco a poco; pero ha de quemarlo.

Que el mundo va a continuar con sus dualidades es fácil de entender porque lo vemos de continuo. El llamado de atención es a nosotros que obstinadamente queremos que no sea así, queremos que todo sea agradable y placentero sin damos cuenta que de inmediato quedamos apegados a esa sensación de agrado. Somos esclavos de la búsqueda de placer y del rechazo por el sufrimiento.

Es una invitación a comprender que mientras el péndulo de nuestra mente oscile de derecha a izquierda impulsados por una reacción, no hay ninguna posibilidad de una verdadera entrega a Dios. Continuaremos embriagados por el éxito y ofuscados por el fracaso. Por la gracia de Dios, tenemos la bendición de tener un Preceptor espiritual que nos indica nuestras limitaciones y nos infunde la fuerza transformadora. No seamos necios, dejemos que sus palabras, como el abrojo, se peguen en nuestro corazón, para que, por su gracia y nuestro entendimiento, lleguemos a la verdadera entrega a Dios.