jueves, 25 de agosto de 2011

Dios en todo

Swami Vivekananda

Desde mi infancia he oído decir que se debe ver a Dios en todas partes y en todas las cosas, a fin de poder, realmente, gozar del mundo, pero apenas me mezclo con el mundo y recibo unos pocos golpes, esta idea desaparece. Voy por la calle pensando que Dios está en to­dos los hombres y de pronto me encuentro con un hombre fuerte que me atropella y me hace caer al suelo cuan largo soy. Entonces, me le­vanto rápidamente con los puños en alto, con la sangre agolpada en el rostro; no reflexiono más, de golpe me he vuelto loco. Todo está olvidado; en lugar de encontrar a Dios, veo al diablo.

Desde nuestro nacimiento se nos enseña a ver a Dios en todo; todas las religiones lo en­señan: ver a Dios en todas las cosas y en todas partes. ¿Recordáis cómo Cristo lo dijo en el Nuevo Tes­tamento? Esto se nos ha enseñado a todos; pero, es cuando pasamos a la aplicación práctica que comienzan las dificultades. Recor­daréis aquella fábula de Esopo en la que un ciervo, mirando su imagen reflejada en un lago, le dice a un cervatillo: ‘Qué fuerte soy, mira mi cabeza espléndida, mira mis miembros, cuán vi­gorosos y musculosos son; y mira qué veloz­mente puedo correr’. Pero, oye ladrar los perros en lontananza y huye rápidamente. Después de haber galopado kilómetros, retorna sudoroso y jadeante. Y el cervatillo dice: ‘Acabas de decirme lo fuerte que eres. ¿Cómo se explica que cuando los perros ladraron saliste escapando?’ ‘Es verdad, hijo mío, pero cuando los perros ladran, toda mi confianza desaparece’. Lo mismo sucede con nosotros. Tenemos una idea elevada de la humanidad; nos sentimos fuertes y valientes; hacemos grandes proyectos, pero, cuando los ‘perros’ de la prueba y de la tentación ladran, so­mos como el ciervo de la fábula. Si tal es el caso, entonces, ¿para qué sirve enseñar todas estas cosas? Realmente, es de una gran utilidad. La utilidad está en que la perseverancia, al final triunfará. Nada puede ser hecho en un día. 

Todos pueden ver el cielo. Aun el gusano que se arrastra por tierra ve el cielo azul, pero, ¡qué lejos que está de él! Lo mismo ocurre con nuestro ideal. Sin duda alguna, está alejado, pero al mismo tiempo sabemos que nos hace falta. Debemos tener, además, el más elevado ideal. Desgraciadamente, en esta vida, la mayor parte de la gente atraviesa a tientas una exis­tencia opaca, sin tener ningún ideal. Si un hom­bre que tiene un ideal comete mil errores, estoy seguro de que aquel que no tiene ningún ideal cometerá cincuenta mil. Por lo tanto, es mejor tener un ideal; y es necesario que oigamos ha­blar de él lo más posible, hasta que penetre en nuestro corazón, en nuestro cerebro, en nuestras venas; hasta que vibre en cada gota de nuestra sangre e impregne cada uno de nuestros poros. Tenemos que meditar sobre ese ideal. “Pues es de la abundancia del corazón que la boca habla”, y es, también, de la abundancia del corazón que la mano obra. 

El pensamiento es la fuerza propulsora en nosotros. Llenad vuestra mente con los pensa­mientos más elevados; oídlos cada día, pensad en ellos mes tras mes. No os preocupéis de los fracasos, son naturales; esos fracasos constituyen la belleza de la vida. ¿Qué sería la vida sin ellos? No valdría la pena de ser vivida si no fuera por las luchas que se sostienen. ¿Dónde estaría la poesía de la vida? No os inquietéis por las luchas, por los errores. Jamás he oído decir una mentira a una vaca, pero no es más que una vaca, no es un hombre. Tampoco debéis inquie­taros por vuestros errores, por vuestras pequeñas reincidencias; tomad vuestro ideal mil veces, y si mil veces fracasáis, ensayad todavía una vez más. El alma tiene por delante una vida infinita. Tomaos el tiempo necesario y llegaréis a la meta.

Por Swami Vivekananda
(Fragmento del libro Gñana-Yoga)