lunes, 15 de julio de 2013

Swami Vivekananda: Vislumbres de grandeza

Swami Vivekananda

Cuando Naren (Swami Vivekananda) tenía 8 años, en 1871, ingresó al Instituto Metropolitano del Pandit Ishwar Chandra Vidyasagar. Su inteligencia excepcional fue reconocida de inmediato por maestros y compañeros, pero era tan inquieto que ellos recordaban que raramente se lo veía sentado en su banco. 

Cuando jugaba lo hacía con frenesí. Los juegos eran saltos, carreras y boxeo. Cuando llegaba el momento del descanso, para que los alumnos tomaran su merienda, él era el primero en terminar y volver al patio de los juegos. Todo juego nuevo lo fascinaba e inventó muchos para su diversión y la de sus compañeros. Hacía pequeños dispositivos a gas o con anhídrido carbónico, elementos recién introducidos en Calcuta. Le interesaba todo lo relacionado con el ferrocarril y toda clase de maquinaria. 

A menudo surgían diferencias y disputas entre los muchachos, y en todos los casos Narendra era el árbitro. A veces, para divertirse, él mismo organizaba a sus compañeros en dos grupos, uno contra el otro. Si esto degeneraba en golpes, él se apresuraba a intervenir, muchas veces con gran riesgo de su integridad física del cual lo protegía su conocimiento de boxeo. 

En muchas ocasiones, este revoltoso niño convertía el aula en campo de deportes, y aún durante las clases entretenía a sus amiguitos con relatos de sus travesuras en su casa o con historias del Ramaiana y el Mahabharata. 

Una vez durante una lección, el profesor, inesperadamente, pidió a Narendra y sus amigos, quienes estaban charlando, que repitieran lo que él acababa de enseñar. Estupefactos, quedaron en silencio; pero Naren con ese tremendo poder que poseía de desdoblar su mente, había sido capaz de escuchar la lección mientras divertía a los demás. Respondió correctamente todas las preguntas, y cuando el profesor preguntó quién de ellos era el que había estado conversando durante la clase y le señalaron a Naren quedó asombrado. Como castigo los hizo poner a todos de pie. Narendra también se paró. “Tú no tienes que ponerte en pie”, dijo el maestro. Pero Naren le contestó: “Debo hacerlo puesto que era yo quien hablaba.” Y permaneció de pie. 

Poco después se le dijo que debía estudiar inglés. Él se oponía aduciendo que se trataba de un idioma extranjero y por lo tanto, ¿por qué habría de aprenderlo? Los maestros insistieron y llorando fue a quejarse a sus padres, quienes estuvieron de acuerdo con los maestros. Cuando comenzó a estudiarlo, algunos meses más tarde, todos quedaron asombrados ante su entusiasmo y la facilidad con que adquirió el conocimiento del idioma inglés. 

Naren mantenía intacta su admiración por los monjes errantes. “Yo voy a ser monje”, les decía a sus amigos, “Alguien que me leyó las manos me lo predijo”, y realmente en su mano estaba bien definida una línea recta que indica la tendencia hacia la vida monástica. 

Un episodio que tuvo lugar en aquellos días sirve para mostrar la innata fortaleza e intrepidez del muchacho. Uno de los maestros del instituto era un hombre de muy mal carácter, tanto que llegaba al extremo de castigar corporalmente a los alumnos cuando, en su opinión, faltaban a la disciplina. En una oportunidad en que estaba castigando severamente a uno de ellos, Naren sintió tal rebeldía ante la brutalidad del maestro, que su indignación se manifestó en un estado nervioso y comenzo a reír sin control. Entonces, el maestro volvió su ira contra Naren haciendo caer golpe tras golpe contra el niño mientras le exigía que prometiese que nunca más se reiría de él. Cuando Narendra se negó, el maestro no solo redobló sus golpes, sino que lo asió de una oreja con tal fuerza que lo levantó en vilo y lo sentó en su banco. La oreja comenzó a sangrar profusamente. Aun así, Naren se negó a prometer lo que se le pedía y en una explosión de llanto dijo: “¡No me tire de las orejas! ¿Quién es usted para pegarme? Tenga mucho cuidado con lo que hace y no se atreva a ponerme la mano encima.” Afortunadamente en ese momento entró al aula el Pandit Vidyasagar. Naren, llorando amargamente le contó lo sucedido y tomando sus libros dijo que dejaba la escuela para siempre. Vidyasagar lo llevó a su despacho y lo consoló. Una investigación posterior sobre las medidas disciplinarias que se practicaban en el Instituto permitió evitar la repetición de incidentes lamentables como este. Cuando Bhuvaneshwari Devi se enteró de lo ocurrido se exasperó de tal modo que pidió a su hijo que no volviera más a esa escuela, pero él, al día siguiente, concurrió a clase como si nada hubiera ocurrido. La herida en la oreja tardó bastante tiempo en curar. 

Aun a esta temprana edad evidenció cierta impaciencia respecto a la superstición y al temor, no importaba si estaban consagrados por la tradición. El siguiente incidente revela este rasgo suyo. En la casa de un amigo había un árbol enorme al cual acostumbraba treparse, no solo para cortar flores, sino también como un medio para gastar energías; se balanceaba de una rama bien alta, boca abajo y luego saltaba a tierra. Estas cabriolas preocupaban mucho al abuelo de la casa (Ramratan Bose, abuelo de Swami Virayananda), un anciano casi ciego. Se le ocurrió poner fin a ellas diciéndole a Naren que el árbol estaba habitado por un fantasma vestido de blanco, un brahmín no iniciado que rompía el pescuezo de todos los que se trepaban al árbol. Naren lo escuchó cortesmente, pero cuando el anciano desapareció del lugar volvió a repetir sus acrobacias. Su amigo, que había tomado al pie de la letra las palabras del abuelo, lo reconvino seriamente, pero Naren riéndose de su credulidad le dijo: “Eres un tonto. Si la historia del fantasma del que habla el abuelo fuera verdad, hace rato que el fantasma hubiera separado mi cabeza del cuerpo.”

Sin duda, una ocurrencia de chicos, pero muy significativa si la observamos a la luz de su posterior evolución. En cierto sentido fue una anticipación de lo que declararía Swami Vivekananda ante grandes audiencias: “No crean una cosa porque la han leído en un libro. No crean en algo simplemente porque otro lo ha dicho. Encuentren la verdad por ustedes mismos. ¡Eso es realización!”

Naren aborrecía la monotonía. Organizó una compañía vocacional de teatro que representaba obras en el hall de su casa. Después de varias de estas representaciones su tío se fastidió y destruyó el escenario. Entonces levantó un gimnasio en el patio, donde hacía ejercicios físicos junto a sus amigos. Todo marchaba bien hasta que un día un primo suyo se rompió un brazo. Nuevamente el tío puso en evidencia su poca simpatía hacia estas iniciativas, esta vez destrozando los accesorios del gimnasio. De inmediato Naren y sus amigos comenzaron a frecuentar el gimnasio de un vecino, Navagopal Mitra. Allí tomó lecciones de esgrima, lucha, remo y otros deportes. Una vez ganó el primer premio en una competencia atlética. Además, de vez en cuando y a modo de descanso, organizaba en su casa exhibiciones con la linterna mágica.

Naren era el favorito de todos. Con cada familia del barrio, fuera de casta inferior o superior, establecía cierta clase de relación. Si alguno de los chicos que conocía sufría alguna desgracia, él era el primero en darle consuelo. Su espontánea agudeza y sus ocurrencias divertían a todos y, algunas veces, hacía estallar en francas carcajadas a personas mayores poco amigas de bromas. Era también el favorito de las damas que vivían tras el Purdah, a quienes se dirigía respetuosamente como ‘tía’ o ‘hermana’ según la edad. Nunca conoció la timidez. A todas partes donde iba se sentía como en su propia casa.

Durante ese tiempo concibió la idea de cocinar e hizo una promoción entre sus compañeros de juego para que suscribieran el proyecto, cada uno de acuerdo a sus posibilidades, mientras él tomaba a su cargo la mayor parte de los gastos. Él era el jefe de cocina y los otros sus ayudantes. Su cocina era excelente aunque extremadamente picante.

Cuando quedaba libre de sus estudios llevaba a sus amigos a conocer los distintos lugares de interés de Calcuta. Unas veces era un jardín, otras el Monumento Ochterlony o el Museo. Un día tomaron un bote y por el Ganges llegaron a los jardines del zoológico de Metiabruz, un suburbio de Calcuta. En el viaje de regreso, uno de los chicos se sintió mal y vomitó. Los boteros estaban furiosos y ordenaron a todos que inmediatamente limpiaran el bote. Ellos se negaron y ofrecieron en cambio pagar doble pasaje pero el ofrecimiento fue rechazado. Al llegar al ghat, no les permitieron desembarcar. Mientras los boteros discutían con los muchachos, Naren saltó a la orilla. Como era el más chico de todos lo dejaron ir. A pocos pasos encontró dos soldados británicos y les pidió ayuda para rescatar a sus compañeros. Con las pocas palabras que sabía de inglés trató de explicar lo que sucedía, mientras se tomaba de la mano de los soldados y los guiaba hacia el bote. Los soldados lo escucharon tranquilamente y cuando lograron comprender la situación, con voz amenazante ordenaron a los boteros que dejaran en libertad a los muchachos. Los boteros se asustaron al ver a los soldados; de inmediato y sin protestar los dejaron desembarcar. Los soldados estaban fascinados con Naren y lo invitaron a ir con ellos al teatro, pera Naren declinó la invitación y se despidió de ellos luego de agradecerles su ayuda.

Del libro "Vida de Swami Vivekananda" por sus discípulos de Oriente y Occidente.