viernes, 5 de julio de 2013

En la histórica Rajputana

Swami Vivekananda

El Swami, con sus escasas pertenencias y su porte regio, bajo el nombre de Vividishananda, llegó a Delhi, y se dirigió a la residencia de Syamaldás, quien lo recibió con los brazos abiertos. El Swami se sintió pleno de júbilo física y espiritualmente en la vigorosa y refrescante atmósfera del lugar. 

En el interín, algunos de los gurubhais que habían dejado Meerut, llegaron a Delhi. Pronto descubrieron a su bienamado líder, quien se alegró de verlos. Le dijeron: “No sabíamos que estabas aquí; hemos venido a Delhi sólo para ver la antigua capital imperial. Aquí oímos hablar de un tal Swami Vividishananda, un monje que hablaba inglés y tuvimos la curiosidad de verlo. Así es como nos hemos encontrado contigo.” El Swami les explicó que necesitaba estar solo porque estaba separándose de las viejas asociaciones para dirigir sus pasos hacia donde el espíritu lo llevase, bosque, desierto, montaña o ciudad. Les pidió que cada uno luchase por su propia meta de acuerdo con su propia luz. El Swami permaneció en Delhi, se hospedó aparte pero comía con todos ellos. 

Después de que sus gurubhais partieran hacia Ghaziabad, el Swami salió para Rajputana. Preso de gran inquietud e impaciencia, sentía que el momento de comenzar su gran misión se acercaba a pasos agigantados, que era el mandato del Maestro y la voluntad de la Madre que él buscara una absoluta soledad. Al despedirse de sus hermanos recordó, emocionado, los versos del Dhammapada 

¡Ve adelante sin un sendero, 

sin abrigar temores, 

sin preocuparte por nada! 

¡Vaga solo como el rinoceronte! 


Como el león, sin temblar ante el ruido 

Como el viento, nunca cautivo en la red, 

Como hoja de loto, no manchada por el agua. 

Así, tú, como el rinoceronte, 

¡Vaga por doquier! 


Una mañana, a comienzos de febrero de 1891, el Swami llegó a Alwar. Se dirigió al dispensario del estado y preguntó en bengalí si había algún lugar para que los monjes se alojaran. Allí se encontraba 

Guru Dharan Laskar, un bengalí, médico del dispensario. Impresionado por la atractiva apariencia del monje se inclinó ante él y lo acompañó hasta cierto Bazar (barrio de callejuelas angostas y sinuosas en las que se agrupan pequeños comercios de toda índole). Señaló un cuarto en el piso superior de un negocio y le dijo: “Esto es para los sannyasines, señor. ¿Se sentiría cómodo aquí por el momento?” El Swami aceptó encantado. 

El médico, pensando en las necesidades inmediatas del Swami, se apresuró a ir a la casa de un amigo mahometano, un maestro de urdu y persa en la escuela secundaria, y le dijo: “Un gran monje bengalí acaba de llegar. Ven en seguida a conocerlo. Jamás he visto un Mahatma como él. Por favor, ve y conversa con él hasta que yo termine mi trabajo. Luego me uniré a ustedes.” Apresuradamente se dirigieron al Bazar; se quitaron el calzado y descalzos entraron al cuarto del Swami, quien ya se había acomodado, y lo saludaron con toda reverencia. 

El Swami le pidió a Mouloví Sahib que se sentara a su lado, con mucho amor le habló de temas religiosos. Los visitantes quedaron fascinados y Gurú Charan, al volver al dispensario, les contó a todos que “un gran monje” acababa de llegar. Estaba muy entusiasmado, y los que lo oyeron, fueron a ver al Swami. Por su parte, también el Mouloví dio la noticia a todos sus amigos mahometanos, quienes fueron a verlo en gran número. Pronto se formó una gran reunión. El cuarto del Swami y la veranda se colmaron de gente que había acudido a verlo. El Swami alternaba sus palabras con cantos en urdu, hindi y bengalí. A veces recitaba pasajes de los Vedas, los Upanishads, la Biblia y los Puranas y narraba momentos de la vida de grandes santos para ejemplificar las enseñanzas de 1as escrituras.

Pocos días después de su llegada el número de personas que iban a verlo era tan grande que algunas personas notables de Alwar ofrecieron al Swami hospedaje en la casa del Pandit Shambhunath, un ingeniero retirado del estado de Alwar.
Con el Maharaj de Alwar

El Swami organizó su vida. Permanecía en oración y meditación desde muy temprano hasta las 9, hora en que salía de su cuarto y recibía a las personas que habían ido a verlo. Solía haber entre 20 y 30 personas de todas las castas, credos y clases esperándolo y él contestaba sus preguntas hasta el mediodía. En esas reuniones también había cantos y oración. A la hora vespertina acudían a verlo y muchos de los presentes se unían al Swami en los cantos de alabanza al Señor. A veces las reuniones se prolongaban hasta la medianoche.

El Swami estaba más allá de todo concepto de casta y no eludía preguntas personales sobre el tema. Una vez le preguntaron por qué vestía de guerua. El contestó que lo hacía porque es el atavío del mendigo. Y aclaró: “Si yo vistiera de blanco, los pobres me pedirían limosna. Siendo yo mismo un mendigo, por lo general, no llevo ni un centavo conmigo y me da mucha pena negar lo que se me pide. Pero al ver mi ropa se dan cuenta de que yo también soy un mendigo, y ¿a quién se le puede ocurrir la idea de mendigar a un mendigo?” 

El Swami inició con mantras a algunos devotos. De todos los devotos el más ferviente era el Mouloví sahib. Tenía el gran deseo de invitarlo a comer a su casa, pero vacilaba porque si bien el Swami no hacía distinción de castas, temía que el pandit que lo hospedaba pudiese oponerse. Una tarde resolvió ir a ver al pandit y, juntando sus manos, le dijo ante todos los presentes: “Señor, permite que el Swami almuerce en mi casa mañana. Haré lustrar los muebles de mi sala por brahmines. El alimento será adquirido y cocinado por brahmines con utensilios de sus propios hogares. Este humilde servidor se verá recompensado si el Swami acepta su ofrenda de alimento.” 

El Mouloví se expresó con tan sincera humildad que todos se conmovieron profundamente. El Pandit tomó sus manos entre las suyas en señal de amistad y le dijo: “Amigo mío, Swami es un monje genuino. Las castas no significan nada para él. No hay necesidad de tanta molestia de su parte. Yo no tengo nada que objetar. Por las condiciones propuestas por usted, yo mismo no tendría e1 menor escrúpulo en comer en su casa. ¡Qué decir de Swamiyi que es un mukta, un alma libre!” El Mouloví Sahib agasajó al Swami en su propia casa. Muchos devotos mahometanos siguieron su ejemplo y con gran cariño lo invitaron a sus hogares.

Algunos días después el Dewan (administrador con amplios poderes) oyó hablar de la presencia de un gran sadhu en la ciudad y lo invitó a su casa. Luego escribió al Maharaj, que se encontraba en un palacio a algunas millas de distancia: “Un gran sadhu, con un estupendo conocimiento del inglés está aquí.” Al día siguiente el Maharaj llegó a la casa del Dewan donde conoció a Swamiyi. Se prosternó ante él y le rogó que tomara asiento.

El Maharaj inició la conversación diciendo: “Swamiyi, he oído que usted es un gran erudito. Podría ganar lo que quisiera. Entonces, ¿por qué vive como un mendigo? El Swami le respondió con otra pregunta: “Maharaj, ¿puede usted decirme por qué pasa su tiempo en partidas de caza?” El Maharaj, después de pensar un rato, le contestó: “No podría decir exactamente el por qué, pero sin duda es porque me agrada.” La respuesta del Swami fue: “Muy bien. Por esa misma razón es que yo vago por el mundo como un fakir.” 

La siguiente pregunta del Maharaj fue: “Swamiyi, yo no tengo fe en la adoración de imágenes. ¿Qué me sucederá en el futuro?” Al decirlo sonreía. El Swami pareció algo confundido y exclamó: “Seguramente usted está bromeando.” “No, Swamiyi, en absoluto. Yo no puedo adorar la madera, el metal y la piedra como lo hacen otros. ¿Esto significa que me irá peor en el más allá?” El Swami le respondió: “Bueno, yo supongo que cada uno debe seguir su ideal religioso de acuerdo con su propia fe.” Los devotos quedaron perplejos porque sabían que el Swami aprobaba la adoración de las imágenes. 

Pero el Swami no había terminado. Su mirada recayó sobre un retrato del Maharaj que colgaba de la pared. Un momento después ordenó al Dewan que escupiera sobre el retrato, agregando que cualquiera de los presentes podía escupir sobre el retrato pues era sólo un papel. El Dewan se sintió como herido de muerte mientras las miradas de todos iban del príncipe al monje y del monje al príncipe. El Swami insistió: “¡Escupan sobre él! Finalmente el Dewan le suplicó: “¡Por favor Swamiyi, no me pida eso. Es la imagen de nuestro Maharaj ¿Cómo puedo hacer semejante cosa?” “Que así sea -dijo el Swami- pero el Maharaj no está presente en ese cuadro que es sólo un trozo de papel. No habla, no se mueve y pese a ello ustedes se niegan a escupir sobre el papel porque en él ven la sombra de la forma del Maharaj. Escupiendo sobre el retrato sienten que están insultando a vuestro príncipe. ¿Ve usted? A pesar de que en un sentido no es usted, en otro sentido lo es y es por eso que sus súbditos se sintieron confundidos cuando les pedí que escupieran su imagen. Es un reflejo o una sombra suya que les trae a sus mentes su persona. Una sola mirada al retrato les permite verlo a usted, y en consecuencia sienten el mismo respeto por el retrato que por su propia persona. Así sucede con los devotos que adoran una imagen, ya sea de piedra o de metal. La imagen trae a sus mentes a su ideal y sus atributos y les ayuda a concentrarse. Es por eso que el devoto adora a Dios en una imagen. Dios aparece ante cada uno de acuerdo con su comprensión y la idea que se ha formado de Él. Por supuesto, hablo por mí mismo. No puedo hacerlo por usted.” El Maharaj Mangal Singh lo escuchó atentamente y luego, juntando sus manos, dijo: “Swamiyi. Debo admitir que hasta este momento no había comprendido el significado de esta adoración. Usted ha abierto mis ojos.”

Luego de que el Swami se hubo retirado, el Maharaj quedó un rato pensativo y dijo: “Dewanyi, nunca he conocido un Mahatma como él. Que se quede con usted por algún tiempo.” El Dewan le respondió: “Haré todo lo posible pero no sé si tendré éxito. Es hombre de carácter firme y muy independiente.”
En contacto son Swamiyi

Después de muchas súplicas el Swami consintió en ir a vivir con el Dewan, a condición de que todas las personas pobres e iletradas que fueran a verlo tuvieran el derecho de hacerlo libremente cuando lo desearan, de la misma manera que el rico y los de clase más elevada. El Dewan accedió de inmediato y el Swami consintió en quedarse con él.

Como resultado de su contacto con el Swami muchos experimentaron un cambio radical en sus vidas. Entre ellos había un anciano que iba a verlo diariamente pidiéndole su bendición y su misericordia. El Swami le dio algunas prácticas pero él no las cumplió. Finalmente, Swamiyi se impacientó y un día, cuando lo vio acercarse, adoptó una actitud de extrema reserva. No respondió a sus preguntas ni al saludo de los allí reunidos que no comprendían lo que pasaba. Así transcurrió un largo rato; el Swami continuaba sentado, inmóvil como una estatua. El viejo se fastidió y se alejó protestando, entonces el Swami, como un chico, estalló en carcajadas a las que se unieron todos los presentes. Un joven le preguntó: “Swamiyi ¿por qué fue tan duro?” Con profundo amor el Swami le respondió: “Este hombre ha pasado el noventa por ciento de su vida corriendo tras los placeres de los sentidos. Ahora está incapacitado para la vida espiritual y la vida del mundo y piensa que puede obtener la realización con sólo pedirla. Lo que se necesita para alcanzar la verdad es el esfuerzo personal. Fue porque Arjuna, el más intrépido entre los guerreros, estaba por perder esta virilidad que Sri Krishna le ordenó cumplir con su deber sin apegarse a los resultados para que purificase su corazón, renunciara al trabajo egoísta y adquiriese entrega. Yo les ruego que sean fuertes. Siento respeto hasta por un malvado mientras posea intrepidez y fuerza, porque su fuerza algún día le hará abandonar toda perversidad y renunciar a todo trabajo con fines egoístas y así, eventualmente, llegar a la verdad.”

Fragmento del libro "Vida de Swami Vivekananda" por los discípulos de Oriente y Occidente

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