domingo, 18 de noviembre de 2012

Las Bienaventuranzas


Antes que llegara para Jesús el tiempo de pronunciar su Sermón del Monte, viajó por toda Gelilea predicando: "Y se difundió su fama por toda Siria", como dijo San Mateo. Difundiéronse las nuevas de un maestro extraordinario, y las multitudes se congregaban para verle -como lo hicieron durante miles de años en Oriente y aún lo hacen cuando se acerca un hombre-Dios-. Viajaban "de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán". Y Jesús enseñaba a las multitudes según la capacidad de éstas; pero su Sermón, que contiene sus enseñanzas supremas, lo reservó para sus discípulos, para los únicos que estaban espiritualmente dispuestos. Les llevó hasta una ladera donde no fueran interrumpido por los que querían menos que su verdad suprema.

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo...

Todo maestro espiritual, ora sea una encarnación divina o un alma iluminada, tiene dos conjuntos de enseñanzas: uno para la multitud, el otro para sus discípulos. El elefante tiene dos juegos de dientes: los colmillos con los que se defiende de las dificultades externas y los dientes con los que come. 

El maestro espiritual prepara el camino para su mensaje con lecciones amplias: con sus colmillos, por así decirlo, la verdad interna de la religión sólo la revela a sus discípulos íntimos. Pues la religión es algo que puede transmitirse realmente. Un maestro verdaderamente iluminado puede transmitirnos el poder que desarrolla la consciencia divina latente dentro de nosotros. Pero el campo debe ser fértil y el suelo dispuesto antes que pueda sembrarse la semilla.

Cuando las multitudes llegaban los domingos para visitar a Sri Ramakrishna, el místico más vastamente reverenciado de la India moderna, les hablaba de un modo general que las beneficiaba. Pero cuando en torno de él se congregaban sus discípulos íntimos, como me lo contó uno de ellos, se aseguraba de que no acertasen a oírle otros mientras les daba las sagradas verdades de la religión. No es que las verdades mismas sean secretas: están documentadas y cualquiera puede leerlas. Pero lo que él daba a estos discípulos era más que enseñanzas verbales. Con disposición divina, elevaba la consciencia de aquellos.

Cristo enseñó del mismo modo. No pronunció el Sermón del Monte a las multitudes, sino a sus discípulos, cuyos corazones estaban preparados para recibirlo. Las multitudes no pueden aún entender la verdad de Dios. No la quieren realmente. Mi maestro, el Swami Brahmananda, acostumbraba decir: "¿Cuántos están listos? Sí, muchas personas vienen a nosotros. Tenemos el tesoro para darles. ¡Pero ellas sólo quieren papas, cebollas y berenjenas¡"

Cualquiera de nosotros que sinceramente quiera el tesoro, que busque la verdad, podrá beneficiarse con el mensaje dado en el Sermón del Monte y podrá convertirse en un discípulo. Cristo, como lo veremos en nuestro estudio de su Sermón, habla de las condiciones del discipulado que debernos cumplir, para las cuales debemos prepararnos. El enseña los modos y los medios para alcanzar la purificación de nuestros corazones, de modo que la verdad de Dios se revele plenamente dentro de nosotros.

Por Swami Prabhavananda
"El Sermón del Monte según el Vedanta"