martes, 4 de diciembre de 2012

La intrepidez


Swami Vivekananda
¡Oh héroe! Levántate, no sueñes más. Aunque la muerte te tome del cabello... no temas. Lo que nunca he hecho, escapar de una batalla ¿lo haré ahora? Por miedo a la derrota, ¿huiré de la lucha? La derrota es el ornamento con el cual se adorna el héroe ... ¿Por qué admitir la derrota sin pelear? Oh Madre, Madre ... nadie capaz de tocar siquiera el segundo violín y, sin embargo, con la mente saturada de mezquino engreimiento... "nosotros entendemos todo" ...

Ahora yo me retiro, todo está bajo vuestro control. Si la Madre me envía nuevamente hombres en cuyo corazón haya coraje, en sus manos fuerza, en sus ojos fuego; en verdad entonces trabajaré nuevamente; en verdad regresaré, de otro modo, interpretaré esto, por la voluntad de la Madre, como el fin. Tengo un tremendo apuro, quiero trabajar con la velocidad de un ciclón y deseo corazones intrépidos.

... Los bendigo a todos de corazón. Pueda la Madre atesorarSe en vuestros corazones como la fuerza misma: el puntal que es la intrepidez; pueda Ella volverlos a todos ustedes intrépidos. He visto esto en la vida: aquel que es por demás precavido de sus propias caídas, ante los riesgos que se presentan a cada paso; aquel que teme perder el honor y respeto, obtiene sólo deshonra; el que está siempre temeroso de perder siempre pierde. 

Que todo el bien llegue a vosotros.



Fragmento de la carta de Swami Vivekanandadirigida a   Rakhal (S. Brahmananda),
Murree, 11 de octubre de 1897



lunes, 3 de diciembre de 2012

La mansedumbre


El Bendito Señor Jesús

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. 

La ignorancia y el engaño son características de la mente irregenerada. A esta ignorancia la confirma y sostiene nuestro sentido del ego: nuestra idea de que estamos separados uno del otro y de Dios. Deberá vencerse el "egotismo" si ha de liberarse a la mente del engaño. Por tanto: bienaventurados sean los mansos. Pero, ¿por qué Cristo dice que heredarán la tierra? 

A primera vista, esto parece difícil de entender. Entre los aforismos yóguicos de Patanjali (yoga significa unión con Dios; también, el sendero hacia esa unión) hay uno que corresponde a esta bienaventuranza: "El hombre que se confirma en no robar se convierte en el amo de toda la riqueza". ¿Qué quiere decir "no robar"?... Significa que debemos renunciar al engaño egotístico de que podemos poseer cosas, de que todo puede pertenecernos exclusivamente como individuos. Podemos pensar: "Pero somos buena gente. ¡No robamos nada! Cuanto tenemos, lo hemos trabajado y ganado. Nos pertenece por derecho". Pero la verdad es que nada nos pertenece. Todo pertenece a Dios. Cuando consideramos algo de este universo como nuestro, nos estamos apropiando de una posesión de Dios. 

¿Qué es entonces la mansedumbre? Es vivir en la autosumisión a Dios, libres del sentido de "mí" y "mío". Esto no significa que debamos renunciar a riquezas, familia y amigos; sino que debemos renunciar a la idea de que nos pertenecen. Pertenecen a Dios. Hemos de pensar en nosotros como siervos de Dios, a cuyo cuidado él ha confiado sus criaturas y posesiones. Tan pronto entendamos esta verdad y renunciemos a nuestros engañados reclamos individuales hallaremos que, en el sentido más verdadero, todo nos pertenece después de todo. 

Los conquistadores, que procuran convertirse en amos del mundo por la fuerza de las armas, jamás heredan nada, salvo preocupaciones, trastornos y dolores de cabeza. Los avaros que acumulan enormes riquezas están sólo encadenados a su oro, nunca lo poseen realmente. Pero el hombre que renunció a su sentido de apego experimenta las ventajas que las posesiones deparan, sin la miseria que trae la posesividad. 

A muchas personas les desagrada esta frase de Cristo porque piensan que los mansos jamás podrán lograr nada. Piensan que en la vida no ha de tenerse felicidad a no ser que uno sea agresivo. Cuando se les dice que renuncien al ego, que sean mansas, tienen miedo de que lo perderán todo. Pero están equivocadas. Según las palabras del Swami Brahmananda: "Las personas que viven en los sentidos piensan que están gozando la vida. ¿Qué saben acerca del goce? Sólo quienes están llenos de bienaventuranza divina gozan realmente la vida." 

Pero los argumentos no probarán esta verdad. Tenéis que experimentarla; sólo entonces os convenceréis. 

Si un aspirante espiritual sigue sinceramente la enseñanza de Cristo sobre la mansedumbre, la encontrará muy práctica. Encontrará que la ira y el resentimiento pueden ser conquistados por la gentileza y el amor. El místico chino Lao Tze expresó esta verdad diciendo: "De las cosas suaves y débiles del mundo, ninguna es más débil que el agua. Pero nada podrá igualarla en vencer lo que es firme y fuerte. Lo que es suave conquista a lo duro. La rigidez y la dureza son compañeras de la muerte. La suavidad y la ternura son compañeras de la vida. 

Renunciando sinceramente al ego ante Dios, siendo mansos, lo ganaremos todo. Heredaremos la tierra. 

Swami Prabhavananda
("El Sermón del Monte según el Vedanta")

Vedanta práctica



Hakuin, un santo japonés fue visitado por un soldado quien lo interrogó de esta manera: Señor, ¿Qué es, en realidad, el cielo y el infierno. O es sólo una invención de la mente?

Hakuin con mirada penetrante lo observó de pies a cabeza y le preguntó: ¿Cuál es tu ocupación?

Soy un soldado, Señor, fue la respuesta.

El santo pareció sorprendido: ¿Te escuché bien? En verdad afirmaste ser un soldado, pero por tu apariencia pareces más bien un mendigo, quien te haya admitido en las Fuerzas Armadas debió ser un necio o estar totalmente loco.

Al oír estas palabras, el soldado lívido de ira, manoteó la espada. Hakuin, no obstante, continuó diciendo: Por lo que veo llevas una espada y parece estar desafilada, ¿cómo podrás, entonces, cortarme la cabeza?

Estas palabras agregaron nafta al fuego y el soldado con la furia fulminante de un rayo desenvainó la espada listo para asestar el golpe.

Nuevamente las palabras del santo sonaron calmas: ¡Mira, las puertas del infierno están abiertas. El soldado, a duras penas, pudo oír estas palabras y darse cuenta cuán pacíficamente, el santo, había permanecido sentado a pesar de la amenazante espada sobre su cabeza. Su ira se desvaneció tan súbitamente como había aparecido. Impactado por el auto dominio del santo, envainó su espada.

Para contestar tu pregunta, soldado, ahora las puertas del cielo se han abierto. Fueron las esclarecedoras y dulces palabras del santo.

(Del Prabuddha Bharata Vol. 100, 1995)